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Era un día cálido, aunque el cielo estaba plomizo. Habíamos llegado a Paris tres noches antes. Para Enrique era la segunda vez, aunque hacía ya mucho tiempo, y para mí la primera.
No había estado antes porque siempre postergaba el viaje para una ocasión con más tiempo, con más dinero, más preparada… Soñaba conocer Paris hospedado en un hotel maravilloso de esos en los que te encuentras un menú de almohadas y un bombón de chocolate esperándote a tu llegada, las toallas perfectas y el jabón con perfume de Hermes meticulosamente colocados en un baño de mármol rosa. El lugar perfecto para descansar, hacer el amor y soñar el día siguiente.
El 27 de Marzo Enrique me había regalado unos billetes de avión con motivo de mi 29 cumpleaños. Dos días después conseguí reservar una habitación en un hotel con buena pinta llamado Plat d’Etain en la Rue Meslay, cerca de Boulevard Saint-Denis en el tramo cercano a la puerta o arco de triunfo de mismo nombre.
Me gustó la localización, lo elegí por su proximidad al Centro Pompidou, al que podía llegarse en pocos minutos a pié y también porque sin estar lejos del barrio de Le Marais y otras zonas céntricas, no estaba inmerso en una zona que yo juzgase demasiado turística.
Llegamos el día 11 de Abril. El camino hasta el hotel desde el aeropuerto Charles de Gaulle era algo complicado. Tuvimos que coger un tren que nos llevó desde la terminal en la que aterrizamos hasta la terminal dónde salía el tren a Paris. Yo estaba algo cansado porque la noche anterior casi no logré dormir por la excitación y porque el vuelo era muy temprano, alrededor de las siete y media, lo que nos hizo madrugar mucho para coger un taxi al aeropuerto y llegar a tiempo a nuestro vuelo desde la terminal T4 de Madrid.
Durante todo el vuelo estuve inquieto y un poco agobiado por la cantidad de lugares que la guía de viaje recomendaba visitar. Solo íbamos a estar cuatro días, así que en esos momentos decidimos tomarnos el viaje con calma. No planificar nada, así que pensamos que lo mejor sería pasear, simplemente pasear juntos, disfrutar de la ciudad, comprar algo de comida y comerla junto algún puente, visitar el Pompidou eso si… y sobre todo compartir juntos la experiencia.
Así llegamos a Paris, a la parada de metro La Chapelle cerca de la estación de tren del Norte. Estábamos lejísimos del hotel, pero nos bajamos allí porque Enrique no quería hacer la combinación de trasbordos que nos dejaba más cerca y porque según él, no estábamos demasiado lejos. Desde luego no resultó así. Nos bajamos del metro en una estación que estaba elevada sobre el suelo descendimos muchas escaleras hasta el nivel de la calle y nos encontramos en un cruce al lado opuesto de un teatro llamado Bouffes du Nord.
Enrique estaba entusiasmado con este primer descubrimiento y cargados con las maletas cruzamos las dos calles que nos separaban del teatro y estuvimos un rato estudiando la cartelera, buscando la taquilla que a esa hora, eran sobre las 10 de la mañana, aún permanecía cerrada. Comentamos durante un momento todo lo que nos rodeaba y que ya nos parecía completamente diferente y especial. Los edificios, el mismo teatro, la gente que pasaba por la calle, el puente que cruzaba el tren a continuación de la parada en la que nos habíamos bajado…
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http://www.elpais.com/articulo/ultima/trompeta/Miles/Davis/elpepiult/20090802elpepiult_1/Tes?print=1 “La primera vez que entré en el hotel La Louisiane había un cartel clavado con chinchetas en una pared sin ninguna pretensión con las 100 caras de los artistas más famosos que vivieron en París durante la época de entreguerras. Muchos se habían hospedado en este hotel, Boris Vian, Giacommeti, Jean Genet, pero yo entonces trataba de seguirle los pasos a Sartre y a Albert Camus. Y no me importaba en absoluto que el colchón fuera de lana apelmazada, que los hierros de la cama gimieran con verdaderos alaridos al menor movimiento, que te encontraras por el pasillo gente desnuda que salía o entraba corriendo en otra habitación, que se oyeran gemidos de amor por todas partes, arriba y abajo, a uno y a otro lado del tabique. Lo daba todo por bueno con tal de vivir un tiempo donde habían vivido mis héroes literarios.”
Comentario por hamster #27 7 octubre 2009 @ 6:12Maravilloso!! Objetual, cargado de memoria… El hotel, ya llegaré a esa parte en mi relato, era genial. La habitación estaba al final de un pasillo larguísimo en la cuarta planta. Estaba en una de las esquinas del edificio de modo que teníamos dos ventanas. Era estupenda, porque a mi me gusta pelear por el lado de la cama más próximo a una ventana… Una estaba en el mismo testero donde apoyaba la cabecera, un poco a la derecha, después de la mesita, y la otra estaba en la pared perpendicular. Así eran dos ventanas, pero muy distintas, porque aunque fueran idénticas una sobre todo dejaba entrar la luz y la otra permitía ver, y ser visto, desde la cama…
Comentario por mcmlxxx 7 octubre 2009 @ 17:59